“Ser nosotros mismos hace que acabemos exilados por muchos otros. Sin embargo, cumplir con lo que otros quieren nos causa exiliarnos de nosotros mismos.”

En las narraciones míticas siempre hay un poso de verdad, una pregunta esencial a la que responder, un algo que te lleva a cuestionar los símbolos e imágenes. El paso del mito al logos es un paso necesario y casi instintivo de toda cultura en evolución.

En este caso ese paso no se da en una cultura concreta sino en todas y no se da hacia afuera sino hacia dentro; aunque finalmente se refleje fuera necesariamente.

A través del estudio de arquetipos y el filtro jungiano de la autora se nos presenta una nueva visión de quiénes fuimos, quiénes somos y quiénes podríamos ser si nos dejásemos ser.

La autora explora las historias y cuentos tradicionales del mundo para poner frente a nosotras un espejo ancestral en el que reconocer nuestras cicatrices.

Cicatrices formadas por siglos de arrancarse de la piel las postillas que dejan las heridas de la educación que interiorizamos y que tememos enfrentar cuando el ansia de libertad golpea nuestro pecho.

Una de las primeras manifestaciones de este ansia es la creatividad. Las mujeres crean para huir de un encierro dictado por el decoro y el honor. Crean para vivir. Para sobrevivir.

Tras la creación brota el instinto y, en muchos casos, el cuestionamiento de una realidad con la que dejas de identificarte. Y necesitas salir. Y volver a crearte. Porque nada de lo que había antes es suficiente:

«Confío en que salgas y dejes que te ocurran cuentos, es decir, vida, y que trabajes con estos cuentos de tu vida -la tuya, no la de otra persona-, que los riegues con tu sangre y tus lágrimas y tu risa hasta que florezcan, hasta que tú misma florezcas. Ésta es la tarea. La única tarea.”

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