La muerte es un temazo. Lo mires por donde lo mires es igual de cierta que tu nacimiento. Da igual quien seas.

Cierto es que no todos morimos en el mismo lugar, ni con la misma edad o la misma forma; pero moriremos. Es un hecho.

Y se habla poco de ella. Se le da poco espacio, como si ocultarla, la alejara. Como si ocultarla nos fuera a dar la opción de vivir más. Y no.

Cuando las parcas cogen sus tijeras. S’acabó.

Del duelo también se habla poco. Y ahí está. No para todos es igual. No dura lo mismo. No todos somos capaces de hablar de ese momento en el que alguien, o algo, estaba y ya no está. La pérdida es un vacío físico que trasciende a la memoria pero que no queremos aceptar, aunque no quede, al final, más remedio.

Acercarse a estas páginas te recuerda lo que es vivir.

Los escritos de Rosa Montero son siempre un acierto. Tiene una asombrosa y filosófica mirada para describir las vivencias más cotidianas.

(Y pensar que llegó a darme coraje a causa de los comentarios de texto en bachillerato).

Y, de alguna manera, las últimas lecturas que he hecho de su obra han llegado en el momento adecuado. Los libros tienen esa magia, a veces llegan cuando tienen que llegar. No hay intención. Pasas por una librería, ves el título, coges el libro, lo (h)ojeas, lo sopesas… Hay un montón de libros sin leer aún en el suelo de tu habitación. Pero… bah… uno más no se va a notar. Y ahí que vas feliz con un libro nuevo que, finalmente, te bebes en unos días y vuelves a releer, lápiz en mano, para hacerlo tuyo.

Más magia. Hacer tuyo algo que no lo es. Como la muerte del otro. El duelo para el que queda vivo. Haces de la muerte algo tuyo pero tú volverás a vivir. A pesar de.


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