Es obvio que todos aquí estamos en contra del asesinato pero una vez que sucede, ya podemos comentarlo. Así que, al igual que existen sociedades de amigos del arte o la filosofía, por qué no tener una sociedad de «analistas del crimen»: composición, ritmo dramático de suceso, escenario, elegancia… Y por supuesto el artista, es decir, el criminal.

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Hay críticos que afirman que este ensayo de De Quincey anticipa el decadentismo del XIX y que influye en autores como Wilde o Chesterton. Así que afilen sus cuchillos, pues leemos.

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¿Puede haber una mirada estética sobre la violencia? ¿Puede decirse este asesino es elegante o este crimen fue poético? ¿Qué hace que un crimen sea admirable: qué te dejen como un colador como a César o qué te claven un fino estilete en un costado como a Sissi?

Thomas de Quincey escribe esta breve broma filosófica para reflexionar sobre cómo miramos los crímenes y cómo sería comentarlos así como comentamos una sinfonía, un Van Gogh o el último trabajo de Rosalía.

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El narrador se dirige al lector como si este último fuese parte de un auditorio que se dispone a escuchar una sesuda conferencia en la que se hacen análisis estéticos de crímenes célebres. La ironía es fantástica y nada sutil. Al final te tienes que reír, aunque con una risa ligeramente culpable porque sabes que no es políticamente correcta… demasiado humor oscuro.

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El texto de De Quincey es perverso y demuestra que el humor británico gusta de rizar el rizo. En más de un párrafo resuenan -bueno, resonar no es el mejor verbo en este caso pero me vale para lo que quiero decir- los Monty Phyton y su humor absurdo absurdísimo, ingenioso y valiente.

La idea del ensayo no surge de la nada. Detrás de cada imagen hay una serie de crímenes reales que en 1811 ocurrieron en el East End londinense: primero, una familia dentro de su casa-tienda, después lo mismo en una taberna. El asesino entraba golpeaba a las víctimas y les cortaba la garganta. La gente entró en pánico colectivo y las calles se llenaron de rumores y teorías.

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El cómo llega el autor en pensar un tema como este para un ensayo es curioso también: adicción al opio, fascinación por el crimen (fue editor de un periódico, The Westmorland Gazette, que sólo cubría crímenes y procesos judiciales, como en España fue El caso en el siglo XX), lecturas filosóficas (el ensayo tiene la estructura de un análisis de la estética kantiana) y el humor (inteligente y afilado -la parte dedicada a la idea de que aquellos que somos llamados filósofos debemos haber sido objetivo de asesinato para bien serlo es delicioso. Las brevísimas partes sobre Hobbes y Spinoza te sacan la risa, sí o sí-.

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Así que si te gustan el crimen, la filosofía, el humor y la lectura, no dudes en sumergirte en este criminal centenar de páginas.


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