Resistencia. Según la RAE la palabra tienes varias acepciones: oposición, rebeldía, contestación, obstinación, aguante, vitalidad, solidez, energía,… Fuerza que se opone a la acción de otra fuerza.

En esta obra, Carlos Javier González Serrano, nos da otra: filosofía. Una filosofía de la resistencia. Esta obra nos recuerda quitarnos el reloj, apagar el móvil y pausar «lo urgente» para dar paso a «lo importante».

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En estos días la tecnología y el reforzamiento de nuestras emociones toman un peligroso protagonismo que oculta nuestra identidad bajo abstracciones que nos alejan de los otros reales y nos acercan solo a los que refuerzan nuestro narcisismo; por ello la filosofía tiene que recuperar su función originaria de cuestionadora, para ayudarnos a vivir con mayor lucidez y libertad, porque si no lo hacemos, «habremos olvidado la meta principal de la enseñanza: transmitir la autonomía y la independencia de un pensar libre y emancipador».

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Algunas de las propuestas que podemos leer no son nuevas, las hemos leído en Aristóteles, Weil, Thoreau, Spinoza, Nietzsche, Arendt,… pero necesitamos que nos las recuerden de vez en cuando: recuperar la atención, no dejarnos gobernar por las emociones, orientar nuestro deseo a la nuestra vocación (a aquello que verdaderamente nos realiza), recuperar el silencio, cultivar el pensamiento crítico, reconstruir la comunidad, cuestionar las narrativas dominantes porque «el progreso es poder contar con las herramientas intelectuales necesarias para ser legisladores de nuestra propia libertad, y para ello se necesita un aparataje humanístico que, como a Ulises de vuelta a Ítaca, los ponga sobre la posta e una meta libremente asumida, con pleno uso del juicio propio, de la independencia de criterio y de la autonomía emocional».

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Para mí, como profesora, lo más importante de la obra es cómo lleva su aplicación a nuestro público selecto, nuestros estudiantes y sus adolescencias. El análisis no es un análisis abstracto, al estilo Byung-Chul Han, sino que se concreta en nuestras aulas y propone soluciones aplicables en esas mismas aulas. Porque ahí es donde debe empezar la resistencia.

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Y para empezar esa resistencia el análisis debe ser certero: no se trata solo de hacer la critica necesaria para darse dicha resistencia sino de entender las condiciones de la vida material en que se dan, tanto la vida como la crítica, es decir, para ejercer la resistencia, lo primero es saber «cómo podemos atender al mundo, en qué condiciones nos dirigimos a él y de qué manera lo habitamos». Y en este último punto se hace necesaria una vuelta a la polis, a la comunidad, al otro, no como consumidor de nuestra producción ni como reforzador de mi sentir, o peligroso opositor a mi proyección, sino como necesaria relación constructiva de una identidad real y física que nos devuelva al mundo. Que nos devuelva la capacidad de identificar nuestras cadenas y darnos las herramientas para abrir los candados que las fijan porque «el conocimiento es la auténtica resistencia».


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