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Gonzalo Sobejano, Sobre Nietzsche y la Generación del 98

“El tránsito del siglo XIX al XX, a pesar del renacimiento del idealismo, es época de ateísmo y de increencia en todo el mundo. El “Dios ha muerto” nietzscheano se encuentra en la mayoría de los hombres del 98 de una o de otra manera. (…) Pero si el ateísmo de estos escritores puede deberse a la crisis general de la época, su posición ante el cristianismo viene mediatizada indudablemente por la lectura de Nietzsche. (…) En anteponer la Vida a la Razón estaba la intrínseca anarquía de todos ellos. Unamuno es quien da a esta común aspiración el desarrollo más filosófico y las formulaciones más categóricas: mentira vital, locura quijotesca, el sueño es vida, las verdades deben decirse cuando más inoportunas, dara cada uno lo mio, fe en lo que sea, sentimiento trágico de la vida como agonía entre lo vital y lo racional. (…) Si los modernistas, para eliminar la “moralina”, recurrían a una mezcla blasfema de misticismo y carnalidad, los noventayochistas apelan a la dureza aprendida de Zaratustra. (…) Cumbre de la nueva moral y de la nueva voluntad de poder es el superhombre (…) Unamuno, pese a su reacción contra Nietzsche, no se fatiga de proyectar variantes del superhombre: el cristiano perfecto, el hombre nuevo, Apolodoro Carrascal (variante paródica), Don Quijote, Cristo mismo (…) Y literariamente, a favor del influjo de Nietzsche el horizonte español experimentó, sin duda, ensanche y alteraciones de importancia. Con Unamuno y Machado la poesía se hizo meditativa y trascendente. (…) La prosa se enriqueció con formas ensayísticas y aforísticas de gran novedad y atractivo, y por un camino se fue haciendo evangélica, patética, sacerdotal, hasta configurar un lenguaje político”.

Nietzsche y los escritores del 98, en Nietzsche en España, por Gonzalo Sobejano.

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Miguel de Unamuno, Fragmentos sobre la eternidad

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“Yo, señor mío, escribo con la sangre de mi corazón, no con tinta neutra, mis pensamientos, muchas veces contradictorios entre sí, mis dudas, mis anhelos, mis sedes y hambres de espíritu; no redacto conclusiones. (….) Y sé que todo pensamiento escrito con sangre del corazón es una cosa de belleza, digan lo que quieran los artistas de la forma”.

De mi vida

“Y bien -se me dirá….: ¿cuál es tu religión?. Y yo responderé: Mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarla mientras viva; mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alaba hasta el caer de la noche, como dicen que con Él luchó Jacob”

Mi religión y otros ensayos

“¡Eternidad!, ¡eternidad! Éste es el anhelo; la sed de eternidad es lo que se llama a mor entre los hombres, y quien a otro ama es que quiere eternizarse en él. Lo que o es eterno tampoco es real. (…) No quiero morirme; yo no quiero, ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo, este pobre yo que me soy y me siento ser ahora y aquí, y por eso me tortura el problema de la duración de mi lama, de la mía propia”.

Del sentimiento trágico de la vida

“Porque si no, me atormentaría tanto, que acabaría gritándola en medio de la plaza, y eso jamás, jamás, jamás. Yo estoy para hacer vivir a las almas de mis feligreses, para hacerlos felices, para hacerles que se sueñen inmortales y no para matarlos. Lo que aquí hace falta es que vivan sanamente, que vivan en unanimidad de sentido, y con la verdad, con mi verdad, no vivirían. Que vivan. Y esto hace la Iglesia, hacerlos vivir. ¿Religión verdadera? Todas las religiones son verdaderas en cuanto hacer vivir espiritualmente a los pueblos que las profesan, en cuanto las consuelan de haber tenido que nacer para morir, y para cada pueblo la religión más verdadera es la suya, la que ha hecho. ¿Y la mia? La mía es consolarme en consolar a los demás aunque el consuelo que les doy no sea el mío”.

San Manuel Bueno, mártir

“No puede ser, Augusto, no puede ser. Ha llegado tu hora. Está escrito y no puedo volverme atrás. Te morirás. (…) No quiere usted dejarme ser yo, salir de la niebla, vivir, vivir, vivir. Verme, oírme, tocarme, sentirme, dolerme, serme. ¿Conque no lo quiere? ¿Conque he de morir ente de ficción? Pues bien, mi señor creador don Miguel, también usted morirá, también usted y se volverá  la nada de la que salió… ¡Dios dejará de soñarle! ¡Se morirá usted, sí, se morirá, aunque no lo quiera; se morirá y se morirán todos los que lean mi historia, todos, todos, sin quedar uno! ¡Entes de ficción como yo; lo mismo que yo! Se morirán todos, todos, todos. Os lo digo yo, Augusto Pérez, ente ficticio como vosotros, nivolesco, lo mismo que vosotros. Porque usted, mi creador, mi don Miguel, no usted más que otro ente nivolesco, y entes nivolescos sus lectores, lo mismo que yo, Augusto Pérez, que su víctima”.

Niebla

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La agonía del cristianismo, de Miguel de Unamuno

El existencialismo unamuniano, como buen existencialismo, hunde sus raíces en su propia experiencia vital; desgarrada, a causa de la muerte de su hijo y desgarradora, la vida le decepciona una y otra vez alimentando sus inquietudes y tristezas.

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El centro de las inquietudes recogidas en esta obra es el cristianismo, y es en el cristianismo en el que Unamuno asienta la agonía de su fe, “producto de una desesperación íntima que él se dedicaba a superar a fuerza de voluntad”.

La agonía del cristianismo nace en su destierro parisino en 1923, tras su corta estancia en Fuerteventura. Sufría Unamuno “lo que podría sufrir Don Quijote cuando se vio paralizado por los hechizos de un encantador, encerrado en una jaula y lentamente arrastrado por unos bueyes a través del campo”, escribiría su amigo Cassou, quien le animó a escribir sobre sus preocupaciones e ideas. Y así surgió esta agonía que abriría en Unamuno nuevas fuentes de creatividad.

Es esta obra un puente espiritual entre lo español y lo francés, trascendiendo ambos para aunarlos en la unión espiritual del cristianismo; pero no pensada para un público español, ya que nuestro filósofo pensaba que este texto nunca llegaría a ojos patrios; a pesar de lo cual, el propio Unamuno reconoce que fue concebido como un libro europeo, en el que el “elemento español adquiere la resonancia universal que merece”.

Pero, ¿qué es la agonía del cristianismo? Es una lucha. La lucha misma, una lucha sin tregua, sin tregua y sin resolución, porque la vida de un verdadero cristiano es más vida cuanto más insoluble, porque la lucha es dinámica, es vital -podemos ver en esto algo que resonará en la voz de su San Manuel Bueno, mártir, publicado en 1931-.
Pero no hay sólo fe y religión en esta obra, también humanidad, sociedad e incluso hay lugar para la política. Unamuno mira a España desde su exilio y ve la situación política “lejos de los evangelios”; sumida en una falsa espiritualidad -¿qué pensaría don Miguel de nuestro actual estado nacional y sus políticos e “iglesia”?-.

Unamuno denuncia que los estados se apropien de las religiones y que las religiones de los estados. Porque la fe es personal e intransferible, y aunque sea compartida por muchos no es dominio de ninguno, ni representativa de una nación (“Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” nos recuerda). Jesús fue un antipatriota, dice, por eso lo condenaron.

También toca don Miguel el tema de la mujer. Porque si dice el Antiguo Testamento que la mujer fue hecha de la costilla del hombre, el Nuevo Testamento, que es el libro de los cristianos, dice que fue una mujer la madre de Jesús, que fue una mujer quién siempre lo acompañó sin traicionarlo, que fue una mujer quién dio el mensaje de su resurrección y creyó en él sin necesidad de tocarlo. Que la fe como la sabiduría son palabras de género femenino. E incluso nos recuerda que en la mitología griega, donde el dios supremo, Zeus, padre de todos, es capaz de parir hijos, pare a Atenea desde su cabeza y es una mujer el símbolo de la sabiduría, el conocimiento y la justicia.

El cristianismo dejó de serlo verdaderamente desde el momento en que se politizó y se paganizó convirtiéndose en un Estado. E ahí el comienzo de la agonía del cristianismo y de los cristianos.

Poco a poco, en agonía, Unamuno ha ido analizando todo aquello que le sume en un estado agónico: la fe cristiana, el estado en el que se encuentra España, él mismo, y no se olvida de su origen: el ser vasco. Según él, “yo, que soy vasco, lo que es ser más español todavía”, se debate entre todo lo que le marca, porque es todo lo que le construye, es todo lo que es: vasco, español, europeo y cristiano.

Y así, poco a poco, don Miguel, hijo de su época, hermano de los hijos de la generación del 98, reflexiona sobre lo humano y lo divino hecho humano. Reflexiona sobre la vida y la muerte, sobre el estar y el no estar, sobre la creencia y la increencia, sobre la religión, sobre la patria y el Estado (que no son la misma cosa aunque pueda parecerlo), sobre el dolor -su dolor-, pero siempre desde sí, desde -como dice nuestro Ortega– su perspectiva, porque eso es lo que todos somos, nuestra propia perspectiva del mundo.
Porque si bien es cierto, pese a todos los intentos, ni Europa nos ha europeizado ni nosotros la hemos españolizado; y así seguimos, en una lucha constante, en una agonía constante que no tiene fin.

“Escribo estas líneas, digo, lejos de mi España, mi madre y mi hija -sí, mi hija, porque yo soy uno de sus padres-, y las escribo mientras mi España agoniza, a la vez que agoniza en ella el cristianismo. Quiso propagar el catolicismo a espada; proclamó la cruzada, y a espada va a morir. Y a espada envenenada. Y la agonía de mi España es la agonía de mi cristianismo. Y la agonía de mi quijotismo es también la agonía de Don Quijote.
(…) y mi España agoniza y va acaso a morir en la cruz de la espada y con efusión de sangre… ¿redentora también? Y a ver si con la sangre se va el veneno de ella.
Mas el Cristo no sólo derramó sangre en la cruz, la sangre que, bautizando a Longinos, el soldado ciego, le hizo creer, sino que sudó “como goterones de sangre” –ósei zpóboi aímatos- en su agonía del monte de los Olivos. Y aquellas como gotas de sangre eran simientes de agonía, eran las simientes de la agonía del cristianismo. Entre tanto gemía el Cristo: “Hágase tu voluntad y no la mía”.
¡Cristo nuestro, Cristo nuestro!, ¿por qué nos has abandonado?”

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San Manuel Bueno, mártir, de Miguel de Unamuno

Manuel Bueno es el párroco de Valverde de Lucerna, un pequeño pueblo rodeado de montañas y con un lago. Montaña y lago, dos protagonistas más de esta obra de Unamuno -porque no sólo don Manuel, Ángela y Lázaro protagonizan la historia de la que vamos a hablar-.

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Esta pequeña -gran- obra de don Miguel relata la lucha entre la fe y la duda, entre el creer y el dolor de no creer; es una lucha de la existencia contra sí misma. Una lucha que muchos podemos hacer propia, porque no sólo don Manuel convive con sus propios demonios.

San Manuel Bueno, mártir trata, en la figura del principal protagonista, muchas de las preocupaciones espirituales del filósofo y nos interpela, casi sin que nos demos cuenta, para que nosotros también nos planteemos las nuestras.

¿Nos reflejamos en don Manuel? ¿En Lázaro? ¿En Ángela? ¿En el pobre de Blasillo el bobo?

La obra (re)presenta dos de los grandes fundamentos del existencialismo: la vida y la duda. Pero a diferencia de otros existencialistas, aunque Unamuno presenta la vida como algo a lo que nos han arrojado (con Calderón de la Barca nos recuerda: “el delito mayor del hombre es haber nacido”) es también como una celebración que debe alejarnos del deseo de abandonar este mundo en el que no elegimos estar, al menos esa va a ser la filosofía de don Manuel.

En una boda dijo una vez: ¡Ay, si pudiese cambiar el agua toda de nuestro lago en vino, en un vinillo que por mucho que de él se bebiera alegrara siempre, sin emborrachar nunca…, o por lo menos con una borrachera alegre…!-Lo primero- decía- es que el pueblo esté contento, que estén todos contentos de vivir. El contentamiento de vivir es lo primero en todo. Nadie debe querer morirse hasta que Dios quiera.
(…)

Como en la obra de Kierkegaard, vemos en esta obra de nuestro dubitativo filósofo una imagen clara de su enraizamiento cristiano: la fe no puede estar en lucha con la alegría porque la alegría es el fondo de la cuestión vital (también es fondo de la cuestión religiosa, son muchos los santos y padres de la iglesia que han subrayado la importancia de la alegría en el cristiano, muy a pesar, muchas veces de la propia Iglesia).

Una vez pasó por el pueblo una banda de pobres titiriteros. El jefe de ella, que llegó con la mujer gravemente enferma y embarazada, y con tres hijos que le ayudaban, hacía de payaso. Mientras él estaba en la plaza del pueblo, haciendo reír a los niños y aun a los grandes, ella, sintiéndose de pronto gravemente indispuesta, se tuvo que retirar y se retiró escoltada por una mirada de congoja del payaso y una risotada de los niños. Y escoltada por don Manuel, que luego, en un rincón de la cuadra de la posada, le ayudó a bien morir. Y cuando, acabada la fiesta, supo el pueblo y supo el payaso la tragedia, fuéronse todos a la posada, y el pobre hombre, diciendo con llanto en la voz: “Bien se dice, señor cura, que es usted todo un santo”, se acercó a éste, queriendo tomarle la mano para besársela; pero don Manuel se adelantó y, tomándosela al payaso, pronunció ante todos:
-El santo eres tú, honrado payaso; te vi trabajar, y comprendí que no sólo lo haces para dar pan a tus hijos, sino para dar alegría a los de los otros (…).

Unamuno, a su forma, nos plantea un problema, una cuestión vital: ¿qué hacer cuando no se hallan motivos para la alegría? ¿Qué hacer cuando todo se presenta bajo la inquietante forma de la duda? ¿Qué hacer cuando todo aquello en lo que crees se hunde en un abismo negro y no logras rescatarlo? ¿Qué hacer para dar a los demás lo que necesitan cuándo no lo encuentras en ti?

San Manuel Bueno es la respuesta (la que don Miguel nos ofrece). Reír, vivir y ayudar a reír y a vivir a los demás; esconder el dolor y la duda bajo la máscara, porque al final tanto el dolor como la duda se curan: “Sí, al fin se cura el sueño…, y al fin se cura la vida…, al fin se acaba la cruz del nacimiento… Y como dijo Calderón, el hacer bien, y el engañar bien, ni aun en sueños se pierde…”.

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El señor de los anillos. Una reflexión sobre el hombre y la política.

Con algunos retoques, retomo y publico en el blog un trabajo que escribí en 2002 para la facultad. Señalo la fecha de origen por los nombres que en se citan y las reflexiones que se hacen. Pueden parecer obsoletas, pero creo que la situación es, más o menos, la misma que vivimos ahora.

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El ser humano es el único ser, sin duda alguna, que llega a plantearse su vivir, su existencia como un problema. Como diría Aristóteles “un bípedo implume” que es ser social, que es pensante como señalo Descartes, que es Idea como nos mostró Platón, que es Realidad, Vida, Existencia, que lo es todo y que no es nada.

El ser humano es un cúmulo de diferentes caracteres, es un ser complicado y aun a veces absurdo como extraño. El ser humano es extraño, extraño para sí y para los demás.

¿Qué le lleva a plantearse su realidad de existente? Su extrañeza. Su vida se le hace extraña, el mundo se le hace extraño, el otro se le hace extraño e incluso “sí mismo” es un extraño. Es un ser inmerso en una vida que le es desconocida, una vida eterna en su finitud que le hace sentirse “extranjero” en su propio yo, que le hace sentirse un superviviente en la selva social.

“Si es verdad que los únicos paraísos son aquellos que se han perdido, sé cómo llamar a este algo tierno e inhumano que hoy me habita” (Camus, Albert: Entre sí y no, en Obras, Alianza, Madrid, 1996, tomo1, p 35).

¡Es tan difícil vivir!

Quizás es una afirmación un poco exagerada. Vivir no es difícil, lo difícil es  sobrevivir. Un golpe no daña, pero los pequeños golpes del día a día consiguen erosionar la roca más dura, el espíritu más resistente…

“En los momentos más difíciles, cuando toda posibilidad parecía esfumarse, me invadió una certeza inamovible. La seguridad de que juntos lo podríamos lograr. Tenía que vivir y esto era lo más importante para mí” (Cit. en José Velasco Franco: Verdades sin dueño, San Pablo, Madrid, 1998, p 45).

Esta es la afirmación de uno de los supervivientes del famoso accidente aéreo ocurrido el 13 de octubre de 1972 en los Andes, cuando un equipo de rugby  uruguayo viajaba hacia Chile. Lo más importante, lo que puede salvar una vida, depende muchas veces de lo seguro  que uno se encuentre de un certeza. En el campo de la vida parece evidente la necesidad con apoyos firmes, también en el terreno filosófico.

Necesitamos una certeza. Necesitamos seguridad. Pero si el hombre es un ser capaz de enfrentarse con sus sombras por qué tiene estas necesidades que le hacen extraño a sí mismo…

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“Iba paseando por la calle con dos amigos. El sol se ocultaba; el cielo se volvía rojo como la sangre, y yo sentí un soplo de viento. Me quede quieto, mortalmente cansado. Más allá el fiordo azul-negro y de la ciudad, había lenguas sangrientas y encendidas. Mis amigos continuaron; yo me quedé atrás, temblando de miedo, sintiendo el gran grito de la Naturaleza”, estas son las  palabras de Munch sobre su obra. La Naturaleza nos grita y nosotros somos incapaces de enfrentarnos a ella, sólo no queda poder imitarla, poder gritarle a ella, gritarle que no le comprendemos, que no podemos enfrentarnos a sus acertijos, a sus sombras, a sus pruebas, que el ser humano es incapaz de relacionarse en plenitud con aquello a lo que pertenece, es incapaz de una integración plena con la naturaleza, es incapaz de una integración plena consigo mismo. El ser humano es incapaz de soportarse, es incapaz de escucharse por eso necesita de los demás.

“¿No se concilia acaso todo esto? La verdad desnuda. Una mujer a la que se abandona para ir al cine, un viejo al que ya no se le escucha, una muerte que no redime nada. Y, después, del otro lado, toda la luz del mundo. ¿Qué importa, si se acepta todo? Son tres destinos semejantes y sin embargo diferentes. La muerte para todos, pero a cada cual su muerte. Al fin y al cabo, el sol nos calienta, a pesar de todo, los huesos” (Camus, Albert: La ironía, en Obras, Alianza, Madrid, 1996, tomo 1, p 25).

“Tengo que encontrar una verdad que sea verdadera para mí… la idea por la que puedo vivir o morir”. Esta afirmación, de Sören Kierkegaard, encierra la idea, terrible, de que no se puede encontrar ninguna base objetiva, racional, para defender las decisiones morales. Todos los existencialistas han seguido al autor danés al resaltar la importancia de la acción individual apasionada al decidir sobre la moral y la verdad, el actuar según convicciones propias.

En la filosofía y la literatura españolas es Miguel de Unamuno quien desarrolló la concepción existencialista. Le atribuyó un significado especial a la idea de “donquijotismo”, según la cual cada hombre libra una lucha permanente (al igual que Don Quijote) por un ideal irreal. Cada existencia concreta comprende choques de categorías corrientes y sublimes, de pragmatismo y lucidez espiritual.

Se crea, a partir de esto, una dialéctica interna entre nosotros y nuestra enfermedad mortal, la desesperación por ser quienes queremos ser. Hay que perder la razón para ganar a Dios, dice Kierkegaard, y con ello, ganar un poco de espacio frente a la angustia.

La fe es creer, creer es dejar en manos de Dios. La fe abre un camino que se cree cierto y seguro, se abre un camino de fantasía en el cual se pierde toda la responsabilidad ante la angustia que nos oprime.

Aquí voy a tratar, de una forma muy libre, el segundo tipo de desesperación que Kierkegaard enuncia. Luchar contra uno mismo es una batalla perdida de antemano. Asumir lo que somos es una posible, la más factible, solución para el problema de la angustia. Kierkegaard nos ilustra la cuestión de la siguiente forma: imaginemos que yo quiero ser César, pero no lo soy, y eso crea en mí una gran angustia, no puedo ser lo que no soy, pero en este caso lo que no soy es aquello que quiero ser. ¿Qué hacer ante esto? ¿Cómo enfrentarnos a una realidad que no es nuestra? Aceptar que no somos aquello que queremos ser es un paso hacia el enfrentamiento con la desesperación. No soy César ni puedo serlo, tengo que aceptarlo o la angustia ante este hecho acabará con las pocas posibilidades que tenga de poder enfrentarme con la angustia.

El existencialismo es una actitud espiritual. Es la filosofía de nuestro tiempo porque es la filosofía de la crisis.

La crisis espiritual es producto de un proceso inmanente en la historia de la civilización humana. En esta crisis espiritual se procede a una liberación de autoridad, sea cual sea esta, en la cual la humanidad progresa. La crisis no es aquí igual a decadencia, es intento de superación, es evolución y progreso, es el replanteamiento de una realidad que comienza a fallar y que necesita una “revolución”.

El existencialismo lleva a la exasperación el motivo romántico de la personalidad humana como singularidad heroica y solitaria. El superhombre de Nietzsche abre camino al ser angustiado De Heidegger o la existencia encogida en sí misma de Jaspers. El hombre de la crisis se reconoce perdido. Ha perdido la grandeza de superhombre, pero al tiempo engrandece más y más por reconocer su confusión, su caída, su angustia, su desconcierto,…

En las obras de Camus vemos sociedades abocadas al nihilismo, tras la destrucción de sus valores y reflejan el trágico y absurdo vivir del hombre contemporáneo, reivindicando no obstante, la libertad, la justicia y la solidaridad. Se podría decir que en sus obras hay un tema central: el absurdo del vivir. Camus postula el mito de la conciencia individual, el hombre rebelde hará de su rebelión un deber de conciencia, donde de lo absurdo se sale con un desplazamiento hacia la vida de los otros. Hay una concepción trágica y absurda de la vida. Para Camus vivir es una decisión que se toma, si se nos impone se nos vuelve una problemática.

¿Cómo podemos vivir esa gloria que nos corresponde? Siendo sabios. El sabio es aquel que vive de lo que tiene sin especular sobre lo que no tiene, esos son los hombres sabio (El sabio sabe vivir en el mundo absurdo sin necesidad de Dios).

El sabio, como tal, tiene que ser creador. El sabio es ante todo, también, la persona que se atreve a pensar, es alguien que no teme enfrentarse al pensamiento, y pensar es, ante todo, querer crear un mundo. “Es a partir del desacuerdo fundamental que separa al hombre de su experiencia para encontrar un terreno de armonía conforme a su nostalgia, un universo encorsetado con razones o aclarado por analogías que permitan resolver el divorcio insoportable”. Lo que vale para la creación, considerada como una de las actitudes posibles para el hombre consciente de lo absurdo, vale para todos los estilos de vida que se le ofrecen.

El sabio no teme al ridículo. Estos son los personajes de Dostoievski, sabios que se interrogan sobre el sentido de la vida. Por esto todos los escritos del autor ruso plantean la cuestión con tal intensidad que no puede traer aparejadas sino soluciones extremas: “la existencia es engañosa y eterna” (Camus, Albert: El mito de Sísifo, en Obras, Alianza, Madrid, 1996, tomo 1, p 304).

El sabio es creador y crear es también dar una forma al destino propio.

Es Sísifo un ejemplo de sabio y de héroe absurdo. Es la imagen del obrero actual que trabaja sin fruto y sin esperanza. Es la imagen de la conciencia. Si Sísifo no tuviera conciencia no tendría problemas en su castigo sin esperanza, el mito es trágico sólo cuando el protagonista es consciente de su vida, de su condición, de su miserable condición… “La inmensa angustia es demasiado apremiante, sucede que la tristeza surge en el corazón del hombre: es la victoria de la roca, la roca misma. La inmensa angustia es demasiado pesada para poder sobrellevarla” (Idem op. cit.). Pero a pesar de todo Sísifo es dichoso, ha aceptado su tarea y se enfrenta a los dioses haciéndola suya, afirmando que la roca es suya y que suyo es el instante en el cual decidió someterse al castigo de los dioses. El esfuerzo, su esfuerzo le   llena el corazón. “Hay que imaginarse a Sísifo dichoso” (Idem op. cit. Página 329). El destino de Sísifo le pertenece, le pertenece a él; convierte la roca en su destino y lo crea. La roca rueda gracias a él. El hombre del absurdo, cuando contempla su tormento, hace callar a todos sus ídolos.

“Los dioses habían condenado a Sísifo a subir sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza”

Pero, ¿a qué viene esta reflexión? ¿Cómo podemos aplicarla a nuestra vida? Creo, ahora más que nunca, que van sobrando quijotes donde antes hacían falta. Unamuno no pensó en cuántos Alonso Quijano nacerían para enfrentarse a los gigantes que no son más que molinos de viento.

Últimamente estamos viendo caballeros andantes que no se conforman con vivir sus tranquilas vidas y se dedican a pinchar el molino del vecino, hablo claro está, de los personajes de más actualidad: George W. Busch, Sadam Hussein, Usama Bin Laden,… estos sólo por mencionar a los más actuales y los que han hecho que mis pensamientos echen mano de nuestro héroe castellano.

Ante la duda que pueda surgir con respecto al título escogido para esta pequeña reflexión me explicaré. En la novela de Tolkien, Sauron, señor de la tierra de Mordor, el Señor Oscuro, crea un anillo para mantener unidos todos los poderes del mundo bajo uno solo, el suyo; por ello cuando en la novela del autor irlandés encontramos el ya famoso pasaje sobre la leyenda del anillo:

“Tres anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo.

Siete para los Señores Enanos en palacios de piedra.

Nueve para los Hombres Mortales condenados a morir.

Uno para el Señor Oscuro, sobre el trono oscuro

En la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.

Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos,

Un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas

en la Tierra de Mordor  donde se extienden las sombras”

No se puede negar el parecido que tiene el anillo tolkiano con el petróleo americano, para desgracia de J. R. R. Tolkien que no podría ni imaginarse el alcance actual de su novela. Porque podemos ver en la sombra de los pozos de petróleo iraquíes, o de cualquier otro lugar, el deseo de unión bajo esa misma ancha negra de todos los países occidentales unidos bajos el anillo americano.

Cuando al principio me refería a los existencialistas no era por mero rellenar papel, sino porque creo que sus reflexiones tiene mucho que ver con lo que está ocurriendo en la modernidad en las mentes de muchas personas. No nos atrevemos a ser quienes somos, o queremos ser lo que no somos, y así de perdidos andamos,… y como aquello de “de perdidos al río” está muy antiguo, hay políticos que han preferido “de perdidos a la guerra” que es mucho más políticamente correcto y beneficioso para la economía nacional, internacional e inter-occidental.

Cuando Kierkegaard anima a dejar todo en manos de Dios, el danés tampoco suponía que tantos locos podrían tomar tan en serio sus palabras como ahora lo están haciendo muchas personas que no creen en sí mismas y necesitan un pretexto metafísico para hacer los que les gustaría hacer sin motivos. En esto son más fieles a sí mismos los asesinos en serie estilo Jack, el destripador, que esos graciosos personajes que nos dicen que los muertos que llueven en las guerras son por nuestro bien, porque mientras más muertos halla en Iraq o en Camboya, menos habrá en España, Inglaterra, Polonia, EE.UU… y demás países organizados civilizadamente. ¡Porque claro está, no es lo mismo un occidental muerto que un palestino/iraquí/vietnamita/(colocar aquí la nacionalidad que se prefiera) muerto!

Cuando Don Quijote luchaba contra los gigantes, lo hacía porque esos molinos eran malvados gigantes, pero ¿dónde están esos molinos / gigantes contra los que luchan nuestros políticos? Si Alonso Quijano estaba loco, ¿podemos afirmar que nuestros actuales caballeros andantes también lo están? Por lo menos nuestro héroe castellano luchaba contra su propia locura, porque él no quería estar loco,… mientras que los actuales locos están orgullosos de serlo, porque no hay nada que esté más de moda que ser un loco con poder, ejército y bandera.

Para todo esto, decía anteriormente, hay que ser sabio. Porque el sabio construye. Pero no. Actualmente el sabio, el que tiene el poder de llegar a la gloria de saber quién es no construye, sino que destruye. DESTRUYE. Y lo hace porque no es capaz de construir, porque para construir tiene que compartir su grandeza, tiene que compartir su estrado, su minuto de gloria y eso no hay ser humano que lo resista.

… y si no que se lo pregunten a Golum, porque tampoco hay hobbit que lo resista.

31 de octubre de 2005