Publicado en Lecturas filosóficas

La mujer rota, de Simone de Beauvoir

Me siento solidaria de las mujeres que han asumido su vida y que luchan por lograr sus objetivos; pero eso no me impide -al contrario- interesarme por aquellas que, de un modo u otro, han fracasado, y por esa parte de fracaso que hay en toda existencia”.

Simone de Beauvoir

simone

En los relatos que componen esta obra, La edad de la discreción, Monólogo y La mujer rota, las vidas de  tres mujeres se debaten entre la edad, la soledad y la agonía del amor, como representación de los fracasos que el destino depara. 

Tres mujeres víctimas de las relaciones con sus parejas, pero unas víctimas que no siempre son conscientes de esta condición o que se descubren como tales de un modo inesperado. El amor las conduce a una actitud abnegada que desemboca tarde o temprano en la insatisfacción y en el aislamiento.

– La primera de estas historias, La edad de la discreción, cuenta la historia de una mujer que se da cuenta de que ya no ama ni entiende a su marido, que su largo matrimonio no tiene ya ningún sentido, que se ha pasado toda su vida entregada a una institución socialmente impuesta para presumir de tener una vida ordenada y envidiable, pero que a ella la ha sumido en una fría realidad que ha terminado por anularla hasta dejarla casi como una muerta viviente.

– La segunda narración, Monólogo, será el soliloquio de una atormentada madre que, mientras maldice desde su apartamento a un París que la repugna hasta la médula, recuerda a su hija muerta de forma trágica, y le echa en cara cosas, se echa ella misma en cara cosas, y echa al mundo en cara cosas… Todo le da asco. Nada es soportable, y lo peor es que ella misma no  es soportable para ella misma. Y el mundo es tan feo, oscuro y desagradable. ¿Cómo puede seguir viviendo si su hija está muerta?

– La tercera narración, que además da título al libro, La mujer rota, está protagonizada por una mujer a la que su marido deja por otra, y que en la línea de la primera historia, llega a la conclusión, exhibiendo sus pensamientos al lector, que consagrarse a ese traidor fue un error.

Con estas tres narraciones la conocida filósofa francesa nos invita a reflexionar sobre las normas y los actos políticamente correctos que las mujeres deben cumplir para encajar en el rol social para el que supuestamente han nacido, pero que no siempre es el que desean. ¿Cómo sigue viviendo en ese rol alguien que descubre la mentira que es? ¿Cómo sigue viviendo ese rol alguien que descubre que no sirve para el mismo? Y lo que es peor, ¿cómo se vive cuando el que crees tu mundo se desmorona y lo único que se presenta es la convención social o la soledad ante lo desconocido?

Enfrentarse al mundo siempre es complejo, pero si además se hace desde fuera de la convención se hace muy duro.

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Sexo y filosofía

Sobre  Sexo y Filosofía. Sobre “mujer” y “poder”. Amelia Valcárcel. Anthropos, Barcelona, 1991.

“Sola en casa solía debatirme como a los quince años; temblorosa, las manos húmedas. Gritaba enloquecida, ¡no quiero morir!”.  Simone de Beauvoir.

         No quiero morir es el grito de “la mujer” desde el principio de la historia; por esto, entre otras cosas, Amelia Valcárcel quiere con esta obra reafirmar la necesidad de hacer una teoría política del feminismo.

         En el primer capítulo de Sexo y Filosofía Amelia Valcárcel nos habla de Simone de Beauvoir y Simone Weil, es decir, de la diferencia entre la búsqueda del sentido de la existencia y de la búsqueda de la revolución, que no tiene porque dejar de ser una forma de dar sentido a la existencia. La principal figura femenina de la obra es, sin lugar a dudas, Simone de Beauvoir. Ella deseaba salir de la idiotización a la que a la mujer se le obligaba a estar, e intenta demostrar la autora[1] con su figura lo que ha llamado la “extraña fatalidad de un don”.

         La mujer desde el momento de su nacimiento es catalogada. Al concepto de mujer van unidas muchas características que históricamente se nos han impuesto y, que en pocas o en ninguna ocasión, se nos han dejado cambiar, de hecho no hemos visto muchas Juanas de Arco que no acabaran siendo quemadas. La mujer ha intentado muchas veces su liberación, pero le ha faltado el impulso de la necesaria politización de ese querer liberarse.

         ¿Por qué la politización? Porque la política es una forma de poder, y poder es lo que principalmente la mujer nunca ha tenido para su necesaria emancipación del mundo patriarcal. Sin embargo, la mujer no quiere “el poder” tal como lo conceptualizamos, porque el poder siempre ha sido algo unido intrínsecamente a la sociedad patriarcal, y la mujer lo que intenta es huir de ese patriarcalismo al que culturalmente a sido sometida. Pero tenemos, necesariamente, que superar ese miedo al poder.

         Tenemos que aprender a pedir lo imposible, o lo que en principio se cree imposible. Tenemos que pedir a la filosofía que nos devuelva todo aquello que nos arrebató o aquello a lo cual no nos dejó acceder, porque “la filosofía ha hecho a las mujeres más males que servicios”.

         La teoría feminista comienza su obra desfundamentando los genéricos. No la mujer o las mujeres, sino esta mujer, esta otra, aquella mujer,… una a una como individuos autónomos e independientes. La mujer va a dejar de ser “varona” para convertirse en MUJER. Valcárcel nos recuerda que el ser humano es el designador de las cosas existentes, pero un ser humano que se reduce bajo el concepto de ser humano-varón, él es el que designa y, por tanto, también la mujer es designada por él. La mujer desde el principio de los tiempos es designación ajena a ella misma. La mujer, el concepto, servía para designar todo lo que quedaba fuera de lo que no era varón… pero he aquí que aparecen las primeras reivindicaciones feministas y frente a la humanidad masculina de Rousseau nace la Vindicación de los derechos de la mujer de Mary Wollstonecraft.

         Se comienza, despacio, al grito de “nosotros con los mismos derechos que vosotros”, es decir, bajo un grito neutral que no distingue género y que poco a poco irá tornándose en un “nosotras con los mismos derechos que vosotros”. Aunque somos diferentes, somos iguales, somos seres humanos que pertenecen y realizan la sociedad tanto o más que aquellos que aparecen en los libros de historia como constructores de la misma. El feminismo debe “ASUMIR EL NOSOTRAS” y no dejarse atomizar.

         Se debe mostrar al mundo el poder de Hestia, un poder mudo que debe cobrar voz, porque es un poder siempre presente; porque es muy difícil argumentar que un ser humano este atado desde su nacimiento a un destino concreto y a una tarea concreta. Es además importante mostrar que la propuesta de poder de la mujer es algo formal; recordemos que la mujer siempre está con el poder pero no está en el poder.

         El poder que se necesita es un poder que da miedo, porque la libertad que llega desconcierta, no es deseada, pero para demostrar que las tareas de mujeres no son sólo las domésticas no se puede temer al poder. El feminismo para llegar a ser algo debe siempre buscar más allá, estar siempre en búsqueda. Una vez que se cumpla todo lo que busca quedará de nuevo vacío. El feminismo es la alternativa “global al patriarcado”. Se debe hacer ver que no es lo mismo saber qué es una mujer a saber quién es una mujer.

         El primer paso es reclamar la individualidad, aunque este paso sea un paso que hay que dar en colectivo, es decir, que la conquista de esta individualidad no es algo individual, valga la redundancia, es una lucha común de aquellas que quieren, que queremos, ser reconocidas como individuos que viven y se mueven fuera de la autoridad, ya sea simbólica o real, de los varones.

Nota: esta recensión bibliográfica fue publicada en Thémata. Revista de Filosofía. Universidad de Sevilla. Nº 31. 2003.


[1] Me refiero a la autora de la obra comentada, Amelia Valcárcel.