Publicado en Lecturas filosóficas

Contra aquellos que nos gobiernan, por Leov Tolstoi

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Escribe esta obra Tolstoi en 1900 y podemos decir que 117 años después la situación no ha cambiado mucho.

Se está construyendo la vía ferroviaria que conectará Moscú con Kazan y el escritor se pasea curioseando el proceso de construcción. Habla con los braceros y los factores y descubre la miseria y las duras condiciones de trabajo: las jornadas de 36 horas sin descanso, la falta de higiene, los salarios insuficientes, las instalaciones inseguras,…

«-¿Por qué hacéis este trabajo de presidiarios?- les pregunté

-¿Y qué quiere que hagamos?

-¿Es absolutamente necesario que trabajéis durante treinta y seis horas sin descanso? ¿No se podría establecer un tiempo razonable de reposo entre todas esas horas de trabajo?

-Éstas son las condiciones que se nos imponen

-¿Por qué las aceptáis?

-¿Por qué? Porque tenemos que comer. El que se queja, ¡ea, fuera! Si uno se retrasa una hora, se le ajusta el sueldo. No supone un problema, tienen diez solicitudes para cada puesto de trabajo»

A partir de ese diálogo toda la obra recoge escenas y conversaciones que, como ya he mencionado, podrían darse a día de hoy en muchos lugares del mundo.

Este ensayo, alejado del tipo de literatura que Tolstoi nos ofrece en obras como Resurrección, Ana Karenina, Guerra y paz, etc. o en sus cuentos, nos ofrece un mirada crítica a los movimientos políticos y la economía.

Contra aquellos que nos gobiernan es una obra escrita contra la clase política gobernante y sus abusos, contra la economía y sus expolios, contra todos aquellos que, de manera cómplice, apoyan la maquinaria y perpetúan la desigualdad, la explotación y la pobreza.

«…era verdad que, por una corta suma que apenas les da para sobrevivir, hombres que se creen libres se concedan a un trabajo que el amo más cruel, en los tiempos de la servidumbre, no habrían impuesto a sus esclavos. Hasta un cochero de punto evitaría tratar así a su caballo…»

Palabra a palabra el autor ruso alza también un dedo acusador hacia todos aquellos que ayudan (¿ayudamos?) a perpetuar las condiciones de trabajo y no se mueven contra el sistema simplemente porque las cosas son así, porque se consideran (¿las consideramos?) las consecuencias de un orden de cosas que debe ser sostenido inevitablemente.

¿Hay explicación para ello? ¿Por qué parecemos estar ciegos ante tal situación? ¿Por qué la mayoría de los seres humanos imaginan (¿imaginamos?) que siempre hay una justificación que respalde tales acciones (Dios, el orden, el Estado,…)?

Nos empeñamos en perpetuar condiciones inhumanas porque fuimos creados así y punto. Porque esperamos un mejor mundo futuro y nos conformamos con lo que en este hay. Porque esperamos caridad y alivio por parte de los que más tienen. Porque siempre hay un motivo para perpetuar la desigualdad.

Tolstoi anima a una insubordinación necesaria. Una insubordinación que llegue desde el corazón de los trabajadores pero no impulsada por las fuerzas políticas supuestamente defensoras de los mismos ya que, por ejemplo, el socialismo, «presenta una hipótesis tan terrible como aquella otra presentada por los teólogos»: un paraíso por venir.

Contra aquellos que nos gobiernan es una obra esencial, indispensable, actual. Una obra para reflexionar porque «sabemos que no debemos temeros sino a vosotros, los gobiernos, que, con un fin que no podemos adivinar, enzarzáis a unos hombres con otros, y luego, bajo pretexto de asegurar nuestra defensa, nos reclamáis impuestos enormes y nos arruináis para mantener las flotas, los ejércitos y los ferrocarriles estratégicos, útiles únicamente para vuestras ambiciones vanidosas».

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Publicado en Ideas que van y vienen

¿Qué estamos haciendo? – Reflexiones al calor de la selectividad 2014

SELECTIVIDAD
Los resultados de la prueba de selectividad de este año revelan, al menos en Cataluña, que la media de alumnos ha obtenido un suspenso en matemáticas aplicadas, en ciencias sociales, en lengua y literatura, en física y química. La estadística de que dispongo no indica qué asignatura es un coladero de tal calibre que ha permitido que el 87% de los alumnos presentados haya aprobado con una nota media de 5,8.
El fenómeno no es nuevo ni nos pilla desprevenidos y las voces que reiteran la gravedad de la situación lo hacen con aire desesperanzado. El mundo es cada día más competitivo y nosotros más incompetentes. Supongo que se refieren a nuestra incompetencia en el terreno de la ciencia y la tecnología, cosa que a mí me preocupa poco. Que la mayoría no pase el examen de química tiene una importancia relativa. Sólo se necesita un número determinado de químicos para atender las necesidades de la comunidad. Al resto nos basta con saber que el detergente de la lavadora no debe ingerirse.
Más preocupante es el pobre resultado obtenido por los estudiantes en el apartado de lengua, porque considero importantísimo que todo el mundo sea capaz de entender y expresar de palabra y por escrito ideas que vayan más allá de lo visceral y lo estrictamente deportivo, y esto, aunque nadie lo crea, sólo se aprende estudiando. Pensar que una cosa es hablar y escribir y otra distinta la gramática es un error muy extendido. Para comprobarlo sólo hay que acudir a los medios de difusión, donde advertirá que, aparte de algunos profesionales, el ciudadano se expresa como un protozoo. En el lenguaje oral, los gritos y los desplantes, algunos acentos locales, la imitación de defectos físicos y un casticismo barato disimulan la magnitud de la catástrofe. Por escrito, ni eso. Frente a esta situación, los políticos encogen sus anchos hombros. La enseñanza es un problema insoluble: alumnos reacios, profesores deprimidos, presupuesto insuficiente y un plan de estudios enmarañado e ineficaz. Sí, el resultado es malo, pero otros años fue peor. El mismo razonamiento que se aplica, por estas mismas fechas, a los incendios forestales. Y expuesto con un rigor y una elocuencia que en la prueba de selectividad sacaría, con suerte, un 3 pelado.

MENDOZA, Eduardo: Selectividad. EL PAÍS, 12-VII-2004.

Este artículo de 2004 podría haber sido escrito perfectamente hace dos días y sería igual de correcto y verdadero.

A la vista de mi propia experiencia, y no hablo sólo de los centros académicos en los que he trabajado sino a los más de diez años que llevo como profesora particular, puedo decir que Eduardo Mendoza no se queda corto. No son pocos los alumnos que llegan a 2º de bachillerato sin saber leer o escribir bien -las faltas de ortografía de alguno son para echarse a llorar-.
Después profesores de otras materias, yo misma cuando impartía filosofía, pensamos que como es lógico los de lengua y literatura deberían tener más cuidado con esos detalles; pero cierto es que casi ningún profesor corrige exhaustivamente los fallos de los alumnos, empezando por los de primaria que son los que deben sentar las bases de la alfabetización de nuestro alumnado, y siguiendo por nosotros mismos, profesores de secundaria y bachillerato.

Sí, es verdad, el sistema educativo actual, y alguno de los anteriores tampoco, nos deja mucho margen de actuación en ese aspecto: demasiados alumnos por clase, poca atención y menos ganas, ratio obligatoria de aprobados, etc. Cosas que van haciendo que nuestras aulas sean una fábrica no ya de ignorantes, que es algo -la ignorancia- que siempre puede solucionarse, sino una fábrica de personas que no van a tener las herramientas para enfrentarse a la ignorancia.
Alumnos que no saben reflexionar textos filosóficos o que no saben analizar el simbolismo de las grandes, y pequeñas, obras literarias, que no entienden el vocabulario más básico y que no tienen imaginación (sí, cada vez es más patente, les falta imaginación, y la imaginación es esencial).

Por mucho que queramos si les privamos de las herramientas básicas del pensamiento les privamos absolutamente de todo lo que puedan aspirar a ser. Y que conste que no hablo sólo de saber de filosofía. No, este escrito no va por ahí (que también, pero no sólo) sino de algo más profundo; empezando por SABER LEER, la comprensión lectora es esencial para entender cualquier cosa que nos pongan por delante; SABER ORDENAR LAS IDEAS, no podemos dejar los comentarios de texto siempre para los cursos superiores, los pequeños también saben pensar y, a veces, incluso mejor que los mayores; ANIMARLES A IMAGINAR, no todo está en la tele, en las videoconsolas, ni tan siquiera en los libros, muchas cosas están en nuestras cabezas deseando salir, pero para que esto suceda tenemos que enseñarles a salir; ANIMARLES A ESCRIBIR, no sabemos qué puede salir de sus cabezas, qué les puede inspirar o qué desean transmitir.

Lo demás vendrá poco a poco después, ya que teniendo las herramientas adecuadas el resto de los caminos se irán abriendo: música, química, física, arte, historia, matemáticas, filosofía, idiomas, latín, etc.

El sistema hace que los resultados, ya que a los politicastros que tenemos les gusta tanto esa palabra, sean pésimos, y que cada año sean peores.
Y que no venga nadie a decir: «Pues este año han aprobado selectividad X alumnos con unas notas que tal y que cual». ¿Realmente eso demuestra sus conocimientos y capacidades? No, eso demuestra que pueden aprobar, o no, un examen; pero no dice nada de sus conocimientos, ya que más de la mitad de los alumnos habrán olvidado todo lo estudiado justo al salir de ese examen.

Por ello, vuelvo a preguntar, ¿qué estamos haciendo? Sí, todos. ¿Qué estamos haciendo? Nosotros somos también, sociedad, parte de este sistema que está malogrando tantas mentes que podrían ser lo que ellas quisieran y que se quedarán en ser lo que puedan.

No sé vosotros, yo no puedo vivir con esa carga en la conciencia, así que mientras pueda, cada una de mis clases, ya sean particulares o en centros escolares, no serán sólo para lograr que el alumno apruebe sino para que aprecie lo que aprende y se atreva a adentrarse en el camino del conocimiento que le llame: arte, idiomas, música, literatura, ciencias…

No es fácil, enseñar no es fácil, y aprender tampoco. Pero es el primer paso para construir personas libres, autónomas, inquietas, vivas. La educación siempre ha sido, es y será, la primera piedra, la piedra angular, de toda sociedad que quiera sobrevivir y prosperar.

Luchemos por ella.

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Publicado en Filosofía en Sevilla

X Congreso Andaluz de Filosofía

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