Publicado en ¿Quién dice qué?

Gonzalo Sobejano, Sobre Nietzsche y la Generación del 98

“El tránsito del siglo XIX al XX, a pesar del renacimiento del idealismo, es época de ateísmo y de increencia en todo el mundo. El “Dios ha muerto” nietzscheano se encuentra en la mayoría de los hombres del 98 de una o de otra manera. (…) Pero si el ateísmo de estos escritores puede deberse a la crisis general de la época, su posición ante el cristianismo viene mediatizada indudablemente por la lectura de Nietzsche. (…) En anteponer la Vida a la Razón estaba la intrínseca anarquía de todos ellos. Unamuno es quien da a esta común aspiración el desarrollo más filosófico y las formulaciones más categóricas: mentira vital, locura quijotesca, el sueño es vida, las verdades deben decirse cuando más inoportunas, dara cada uno lo mio, fe en lo que sea, sentimiento trágico de la vida como agonía entre lo vital y lo racional. (…) Si los modernistas, para eliminar la “moralina”, recurrían a una mezcla blasfema de misticismo y carnalidad, los noventayochistas apelan a la dureza aprendida de Zaratustra. (…) Cumbre de la nueva moral y de la nueva voluntad de poder es el superhombre (…) Unamuno, pese a su reacción contra Nietzsche, no se fatiga de proyectar variantes del superhombre: el cristiano perfecto, el hombre nuevo, Apolodoro Carrascal (variante paródica), Don Quijote, Cristo mismo (…) Y literariamente, a favor del influjo de Nietzsche el horizonte español experimentó, sin duda, ensanche y alteraciones de importancia. Con Unamuno y Machado la poesía se hizo meditativa y trascendente. (…) La prosa se enriqueció con formas ensayísticas y aforísticas de gran novedad y atractivo, y por un camino se fue haciendo evangélica, patética, sacerdotal, hasta configurar un lenguaje político”.

Nietzsche y los escritores del 98, en Nietzsche en España, por Gonzalo Sobejano.

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La agonía del cristianismo, de Miguel de Unamuno

El existencialismo unamuniano, como buen existencialismo, hunde sus raíces en su propia experiencia vital; desgarrada, a causa de la muerte de su hijo y desgarradora, la vida le decepciona una y otra vez alimentando sus inquietudes y tristezas.

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El centro de las inquietudes recogidas en esta obra es el cristianismo, y es en el cristianismo en el que Unamuno asienta la agonía de su fe, “producto de una desesperación íntima que él se dedicaba a superar a fuerza de voluntad”.

La agonía del cristianismo nace en su destierro parisino en 1923, tras su corta estancia en Fuerteventura. Sufría Unamuno “lo que podría sufrir Don Quijote cuando se vio paralizado por los hechizos de un encantador, encerrado en una jaula y lentamente arrastrado por unos bueyes a través del campo”, escribiría su amigo Cassou, quien le animó a escribir sobre sus preocupaciones e ideas. Y así surgió esta agonía que abriría en Unamuno nuevas fuentes de creatividad.

Es esta obra un puente espiritual entre lo español y lo francés, trascendiendo ambos para aunarlos en la unión espiritual del cristianismo; pero no pensada para un público español, ya que nuestro filósofo pensaba que este texto nunca llegaría a ojos patrios; a pesar de lo cual, el propio Unamuno reconoce que fue concebido como un libro europeo, en el que el “elemento español adquiere la resonancia universal que merece”.

Pero, ¿qué es la agonía del cristianismo? Es una lucha. La lucha misma, una lucha sin tregua, sin tregua y sin resolución, porque la vida de un verdadero cristiano es más vida cuanto más insoluble, porque la lucha es dinámica, es vital -podemos ver en esto algo que resonará en la voz de su San Manuel Bueno, mártir, publicado en 1931-.
Pero no hay sólo fe y religión en esta obra, también humanidad, sociedad e incluso hay lugar para la política. Unamuno mira a España desde su exilio y ve la situación política “lejos de los evangelios”; sumida en una falsa espiritualidad -¿qué pensaría don Miguel de nuestro actual estado nacional y sus políticos e “iglesia”?-.

Unamuno denuncia que los estados se apropien de las religiones y que las religiones de los estados. Porque la fe es personal e intransferible, y aunque sea compartida por muchos no es dominio de ninguno, ni representativa de una nación (“Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” nos recuerda). Jesús fue un antipatriota, dice, por eso lo condenaron.

También toca don Miguel el tema de la mujer. Porque si dice el Antiguo Testamento que la mujer fue hecha de la costilla del hombre, el Nuevo Testamento, que es el libro de los cristianos, dice que fue una mujer la madre de Jesús, que fue una mujer quién siempre lo acompañó sin traicionarlo, que fue una mujer quién dio el mensaje de su resurrección y creyó en él sin necesidad de tocarlo. Que la fe como la sabiduría son palabras de género femenino. E incluso nos recuerda que en la mitología griega, donde el dios supremo, Zeus, padre de todos, es capaz de parir hijos, pare a Atenea desde su cabeza y es una mujer el símbolo de la sabiduría, el conocimiento y la justicia.

El cristianismo dejó de serlo verdaderamente desde el momento en que se politizó y se paganizó convirtiéndose en un Estado. E ahí el comienzo de la agonía del cristianismo y de los cristianos.

Poco a poco, en agonía, Unamuno ha ido analizando todo aquello que le sume en un estado agónico: la fe cristiana, el estado en el que se encuentra España, él mismo, y no se olvida de su origen: el ser vasco. Según él, “yo, que soy vasco, lo que es ser más español todavía”, se debate entre todo lo que le marca, porque es todo lo que le construye, es todo lo que es: vasco, español, europeo y cristiano.

Y así, poco a poco, don Miguel, hijo de su época, hermano de los hijos de la generación del 98, reflexiona sobre lo humano y lo divino hecho humano. Reflexiona sobre la vida y la muerte, sobre el estar y el no estar, sobre la creencia y la increencia, sobre la religión, sobre la patria y el Estado (que no son la misma cosa aunque pueda parecerlo), sobre el dolor -su dolor-, pero siempre desde sí, desde -como dice nuestro Ortega– su perspectiva, porque eso es lo que todos somos, nuestra propia perspectiva del mundo.
Porque si bien es cierto, pese a todos los intentos, ni Europa nos ha europeizado ni nosotros la hemos españolizado; y así seguimos, en una lucha constante, en una agonía constante que no tiene fin.

“Escribo estas líneas, digo, lejos de mi España, mi madre y mi hija -sí, mi hija, porque yo soy uno de sus padres-, y las escribo mientras mi España agoniza, a la vez que agoniza en ella el cristianismo. Quiso propagar el catolicismo a espada; proclamó la cruzada, y a espada va a morir. Y a espada envenenada. Y la agonía de mi España es la agonía de mi cristianismo. Y la agonía de mi quijotismo es también la agonía de Don Quijote.
(…) y mi España agoniza y va acaso a morir en la cruz de la espada y con efusión de sangre… ¿redentora también? Y a ver si con la sangre se va el veneno de ella.
Mas el Cristo no sólo derramó sangre en la cruz, la sangre que, bautizando a Longinos, el soldado ciego, le hizo creer, sino que sudó “como goterones de sangre” –ósei zpóboi aímatos- en su agonía del monte de los Olivos. Y aquellas como gotas de sangre eran simientes de agonía, eran las simientes de la agonía del cristianismo. Entre tanto gemía el Cristo: “Hágase tu voluntad y no la mía”.
¡Cristo nuestro, Cristo nuestro!, ¿por qué nos has abandonado?”

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El mañana efímero

La España de charanga y pandereta,
cerrado y sacristía,
devota de Frascuelo y de María,
de espíritu burlón y alma inquieta,
ha de tener su marmol y su día,
su infalible mañana y su poeta.
En vano ayer engendrará un mañana
vacío y por ventura pasajero.
Será un joven lechuzo y tarambana,
un sayón con hechuras de bolero,
a la moda de Francia realista
un poco al uso de París pagano
y al estilo de España especialista
en el vicio al alcance de la mano.
Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahúr, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste,
cuando se digna usar la cabeza,
aún tendrá luengo parto de varones
amantes de sagradas tradiciones
y de sagradas formas y maneras;
florecerán las barbas apostólicas,
y otras calvas en otras calaveras
brillarán, venerables y católicas.
El vano ayer engendrará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero,
la sombra de un lechuzo tarambana,
de un sayón con hechuras de bolero;
el vacuo ayer dará un mañana huero.
Como la náusea de un borracho ahíto
de vino malo, un rojo sol corona
de heces turbias las cumbres de granito;
hay un mañana estomagante escrito
en la tarde pragmática y dulzona.
Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.
Una España implacable y redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea.

Antonio Machado, 1913

 

 

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Idearium español

“(…)

Se habrá notado que el motivo céntrico de mis ideas es la restauración de la vida espiritual de España; pero falta ahora precisar el concepto, porque están las palabras españolas tan estropeadas por el mal uso, que nada significan mientras no se las comenta y se las aclara. Cuando yo hablo de restauración espiritual, no hablo como quien desea redondear un párrafo, valiéndose de frases bellas o sonoras; hablo con buena fe de un maestro de escuela. No voy a proponer la creación de nuevos centros docentes ni una nueva ley de Instrucción Pública: todas las leyes son ineficaces mientras no se destruyen las malas prácticas, y para destruirlas, la ley es mucho menos útil que los esfuerzos individuales; y en cuanto a los centros docentes, tal como hoy existen, aunque se suprimieran la mitad, no se perdería gran cosa. Yo he conocido de cerca más de dos mil condiscípulos, y a excepción de tres o cuatro, ninguno estudiaba más que lo preciso para desempeñar, o mejor dicho, para obtener un empleo retribuido. Nuestros centros docentes son edificios sin alma; dan a lo sumo el saber; pero no infunden el amor al saber, la fuerza inicial que ha de hacer fecundo el estudio cuando la juventud queda libre de tutela. Si en este punto hubiera de intentarse algo por los legisladores, el cambio más provechoso sería la sustitución de las oposiciones hoy en uso por el examen de “obras” de los aspirantes; en lugar de esos palenques  charlatanescos, donde, como en las carreras de caballos, triunfa, no el que tiene más inteligencia, sino el que tiene mejor resuello y patas más largas, pondría yo reuniones familiares, donde en contacto directo los que juzgan y los que son juzgados se hablara sin artificio, se examinara el trabajo personal de cada uno, y, lo que es más importante, el servicio que de él podía esperar la nación. Con este sistema, la juventud, que pierde el tiempo preparándose para ingresar en este o aquel escalafón, aprendiendo a contestar de memoria cuestionarios fofos e incoherentes, se vería forzada a crear obras, entre las que no sería extraño  que saliese alguna buena.

El peso principal  del combate, creo yo, deben llevarlo las personas inteligentes y desinteresadas, que comprendan la necesidad de restablecer nuestro prestigio; pocos ejemplares tenemos de hombres poseídos por el patriotismo silencioso, pero cuando aparece alguno, ése vale solo por una universidad. Mas para que los esfuerzos individuales ejerzan un influjo  benéfico en la nación hay que encaminarlos con mano firme, porque en España no basta lanzar ideas, sino que hay antes que quitarles la espoleta para que no estallen. A causa de la postración intelectual en que nos hallamos, existe una tendencia irresistible a transformar las ideas en instrumentos de combate: lo corriente es no hacer caso de lo que se habla o escribe; mas si por excepción se atiende, la idea se fija y se traduce, como ya vimos, en impulso. Por esto, los que propagan ideas sitemáticas, que dan vida a nuevas parcialidades violentas, en vez de hacer un bien, hacen un mal, porque mantienen en tensión enfermiza los espíritus. A esas ideas que incitan a la lucha las llamo yo ideas “picudas”; y por oposición, a las ideas que inspiran amor a la paz las llamo “redondas”. Este libro que estoy escribiendo es un ideario que contiene sólo ideas redondas: no estoy seguro de que lo lean, y sospecho que si alguien lo lee no me hará caso, habría un combatiente menos y un trabajador más.

El procedimiento que yo uso para redondear mis ideas está al alcance de todo el mundo. Vemos muchas veces que en una familia los pareceres andan divididos: por ejemplo, y el caso es frecuente, varios hermanos siguen diversas carreras, o toman diferentes rumbos, o llegan a hallarse en oposición por cuestiones pecuniarias; los sentimientos de fraternidad son puestos aprueba. En unas familias la idea de unión es más poderosa que los intereses parciales; nadie abdica, pero todos transigen cuando es necesario para que el rompimiento no llegue; en otras la unión queda destruida por la vanidad, el orgullo o el exclusivismo, y sobreviene la lucha, más enconada que entre extraños, porque entre extraños se lucha sólo por defender ideas o intereses opuestos, mientras que en una familia hay que luchar por ideas o intereses y también por romper los vínculos de la sangre. ¿Qué salen ganando las ideas o los intereses luchando con obcecación y con saña? Hay quien cree que para atestiguar la fe en las ideas se debe combatir para que triunfen, y en esta creencia absurda se apoyan  cuantos en España convierten las ideas en medio de destrucción. La verdad es, al contrario, que la fe se demuestra en la adhesión serena e inmutable a las ideas, en la convicción de que ellas solas se nastan para vencer cuando deben vencer. Los grandes creyentes han sido mártires; han caido resistiendo, no atacando. Los que recurren a la fuerza para defender sus ideas dan a entender, por esto sólo, que no tienen fe ni convicción, que no son más que ambiciosos vulgares que desean la victoria inmediata para adornarse con laureles contrahechos y para recibir el precio de sus trabajos.

Las ideas no aventajan nada con declarar la guerra a otras ideas; son mucho más nobles cuando se acomodan  a vivir en sociedad, y para conseguir esto es para lo que hay que trabajar en España (…)

(…)

Yo tengo fe en el porvenir espiritual de España; en esto soy acaso exageradamente optimista. Nuestro engrandecimiento material nunca nos llevaría a oscurecer el pasado; nuestro florecimiento intelectual convertirá el Siglo de Oro de nuestras artes en una simple anunciación de este Siglo de Oro que yo confio ha de venir. Porque en nuestros trabajos tendremos de nuestra parte una fuerza hoy desconocida, que vive en estado latente en nuestra nación (…) Esa fuerza misteriosa está en nosotros, y aunque hasta ahora no se ha dejado ver, nos acompaña y nos vigila; hoy es acción desconcertada y débil, mañana será calor y luz y, hasta si se quiere, electricidad y magnetismo.

(…)

Nuestro Renacimiento no fue un renacimiento clásico, fue nacional; y aunque produjo algunas obras magistrales, quedó incompleto, como dije, por la desviación histórica a que la fatalidad nos arrastró; pero como la fuerza impulsora está en la constitución natural étnica o psíquica que los diversos cruces han dado al tipo español, tal como hoy existe, debemos confiar en el porvenir: esa fuerza que hoy es un obstáculo para la vida regular de la nación, porque se la aplica a lo que no debe aplicáserla, ha de sufrir un desdoblamiento; el individualismo indisciplinado que hoy nos debilita y nos impide levantar cabeza ha de ser algún día individualismo interno y creador, y ha de conducirnos a nuestro gran triunfo ideal. Tenemos lo principal, el hombre, el tipo; nos falta sólo decidirle a que ponga manos a la obra.

Todos los pueblos tienen un tipo real o imaginado en quien encarnan sus propias cualidades; en todas las literaturas encontraremos una obra maestra en la que ese hombre típico figura entrar en acción, ponerse en contacto con la sociedad de su tiempo y atravesar una larga serie de pruebasdonde se aquilata el temple de su espíritu, que es el espíritu propio de su raza. Ulises es el griego por excelencia; en él se reúnen todas las virtudes de un ario, la prudencia, la constancia, el esfuerzo, el dominio de sí mismo, con la astucia y la fertilidad de recursos de un semita; comparémosle con cualquiera de los conductores de pueblos germánicos, y veremos, con más precisión que pesándola en una balanza, la cantidad de espíritu que los grigos tomaron de los semitas. Nuestro Ulises es Don Quijote, y en Don Quijote notamos a primera vista una metamorfosis espiritual. El tipo se ha purificado más aún, y para poder moverse tiene que librarse del peso de las preocupaciones materiales, descargándolas sobre un escudero; así camina completamente desembarazado, y su acción es una inacabable creación, un prodigio humano, en el que se idealiza todo cuanto idealmente se concibe. Don Quijote no ha existido en España antes de los árabes, ni cuando estaban los árabes, sino después de terminada la Reconquista. Sin los árabes, don Quijote y Sancho Panza hubieran sido siempre un solo hombre, un remedo de Ulises. Si buscamos fuera de España un Ulises moderno, no hallaremos ninguno que supere al Ulises anglosajón, a Robinson Crusoe; el italiano es un Ulises teólogo, el Dante mismo, en su Divina Comedia, y el alemán, un Ulises filósofo, el Doctor Fausto, y ninguno de los dos es un Ulises de carne y hueso. Robinson sí es un Ulises natural, pero muy rebajado de talla, porque su semitismo  es opaco, su luz es prestada; es ingenioso solamente para luchar con la naturaleza; es capaz de reconstruir una civilización material; es un hombre que aspira al mando, al gobierno “exterior” de otros hombres; pero su alma carece de expresión y no sabe entenderse con otras almas. Sancho Panza, después de aprender a leer y a escribir, podría ser Robinson; y Robinson, en caso de apuro, aplacaría su aire de superioridad y se avendría a ser escudero de Don Quijote.

Así como creo que para las aventuras de las dominación material muchos pueblos de Europa son superiores a nosotros, creo también que para la creación ideal no hay ninguno con aptitudes naturales tan depuradas como las nuestras. Nuestro espíritu parece tosco, porque está embastecido por luchas brutales; parece flaco, porque está sólo nutrido de ideas ridículas, copiadas sin discernimiento, y parece poco original, porque ha perdido la audacia, la fe en sus propias ideas, porque busca fuera de sí lo que dentro de sí tiene. Hemos de hacer acto de contrición colectiva; hemos de desdoblarnos, aunque muchos nos quedemos en tan arriesgada operación, y así tendremos pan espiritual para nosotros y para nuestra familia, que lo anda mendigando por el mundo, y nuestras conquistas materiales podrán ser aún fecundas, porque al renacer hallaremos una inmensidad de pueblos hermanos a quienes marcar con el sello de nuestro espíritu.

Idearium español. Ángel Ganivet. 1897.