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José Ortega y Gasset, sobre España y los españoles

“(…) Cuando se reúnen unos cuantos españoles sensibilizados pr la miseria ideal de su pasado, la sordidez de su presente y la acre hostilidad de su porvenir, desciende entre ellos Don Quijote, y el calor fundente de su fisonomía  disparatada compagina aquellos orazones dispersos, los ensarta como en un hilo espiritual, los nacionaliza, poniendo tras sus amarguras personales un comunal dolor étnico.

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(…)

No me obliguéis a ser sólo español si español sólo significa para vostros hombre de la costa reverberante. No metáis en mis entrañas guerras civiles; no azucéis al ibero que va en mí  con sus áperas, hirsutas pasiones contra el blondo germano, meditativo y sentimental, que alienta en la zona crepuscular de mi alma. Yo aspiro a poner paz entre mis hombres interiores y los empujo hacia una colaboración.

(…)

Dios mío, ¿qué es España?

(…)

¡Desdichada la raza que no hace un alto en la encrucijada antes de proseguir su ruta, que no se hace un problema de su propia intimidad; que no siente la heroica necesiddad de justificar su destino, de volcar claridades sobre su misión en la historia!

El individuo no puede orientarse en el universo sino al través de su raza, porque va sumido en ella como la gota en la nube viajera.

Lo que hace problema a un problema es contener una contradicción real. Nada, en mi opinión, nos importa hoy tanto como aguzar nuestra sensibilidad para el problema de la cultura española, es decir, sentir a España como una contradicción. Quien sea incapaz de esto, quien no perciba el equivoco subterráneo sobre que pisan nuestras plantas, nos servirá de muy poco.

Conviene que nuestra meditación penetre hasta la última capa de conciencia étnica, que someta a análisis sus últimos tejidos, que revise todos los supestos nacionales sin aceptar supersticiosamente ninguno.

(…)

¿No es un cruel sarcasmo que luego de tres siglos y medio de descarriado vagar, se nos proponga seguir la tradición nacional? ¡La tradición! La realidad tradicional en España ha consistido precisamente en el progresivo aniquilamiento de la posibilidad España. No, no podemos seguir la tradición. Español significa para mí una altísima promesa que sólo en casos de extrema rareza ha sido cumplida. No, no podemos seguir la tradición; todo lo contrario; tenemos que ir contra la tradición, más allá de la tradición. De entro los escombros tradicionales, nos urge salvar la primaria sustancia de la raza, el módulo hispánico, aquel simple temblor español ante el caos. Lo que suele llamarse España no es eso, sino justamente el fracaso de eso. En un grande, doloroso incendio habríamos de quemar la inerte apariencia tradicional, la España que ha sido, y luego, entre las cenizas bien cribadas, hallaremos como una gema iridescente, la España que pudo ser.

Para ello será necesario que nos libertemos de la superstición del pasado, que no nos dejemos seducir por él como si España estuviese inscrita en su pretérito. Los marinos mediterráneos averiguaron que sólo un medio había para salvarse del canto mortal que hacen las sirenas y era cantarlo del revés. Así los que amen hoy las posibilidades españolas tienen que cantar a la inversa la leyenda de la historia de España, a fin de llegar a su través hasta aquella media docena de lugares donde la pobre víscera cordial de nuestra raza da sus puros e intensos latidos.”

Meditaciones del Quijote (fragmentos), José Ortega y Gasset

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Nota: parte de estos fragmentos aparecen también en la entrada que dedique a la obra Meditaciones del Quijote. Y sí, como es obvio, son algunos de mis fragmentos favoritos de Ortega.

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Meditaciones del Quijote

¿Qué puede decirnos Ortega sobre la España de hoy? ¿Pueden servirnos sus consejos, sus visiones, para guiar nuestros pasos? ¿Qué ha cambiado entre 1914 y 2012?

Es sorprendente leer a Ortega, y releerlo aún más, pues encuentras una terrible actualidad en cada una de sus palabras. Parece mentira que en tanto tiempo transcurrido hayamos cambiado tan poco.

Que ni España se haya europeizado demasiado, ni Europa se haya españolizado casi nada.

“…hay una observación tan honda y tan certera sobre España que, al tropezarla, se sobrecoge el ánimo. Dice Kant que los turcos cuando viajan  suelen caracterizar los países según su vicio genuino, y que, usando de esta manera, el compondría la tabla siguiente: 1ª Tierra de las modas (Francia), 2ª Tierra del mal humor (Inglaterra), 3ª Tierra de los antepasados (España), 4ª Tierra de las ostentaciones (Italia), 5ª Tierra de los títulos (Alemania), 6ª Tierra de los señores (Polonia).

¡Tierra de los antepasados!… Por lo tanto no nuestra, no libre de propiedad de los españoles actuales. Los que antes pasaron siguen gobernándonos y forman una oligarquía de la muerte que nos oprime. ‘Sábelo –dice el criado en las Coéforas-, los muertos matan a los vivos.’

Es esta influencia del pasado sobre nuestra raza una cuestión de las más delicadas. A través de ella descubriremos la mecánica psicológica del reaccionismo español. Y no me refiero al político, que es sólo una manifestación, la menos honda y significativa, de la general constitución reaccionaria de nuestro espíritu. Columbraremos en este ensayo cómo el reaccionarismo radical no se caracteriza en última instancia por su desamor a la modernidad, sino por la manera de tratar el pasado” (Páginas 81 y 82).

No se trata de juzgar, de juzgarnos, a nadie. No es tan siquiera autocrítica.

“Cada día me interesa menos sentenciar; a ser juez de las cosas, voy prefiriendo ser su amante” (Página 83).

Por ello el hilo conductor de las meditaciones que tenemos entre manos es el Quijote, de alguna forma nuestro sello identitario: nosotros y nuestras circunstancias.

“Y una palabra postrera. El lector descubrirá, si no me equivoco, hasta en los últimos rincones de estos ensayos, los latidos de la preocupación patriótica. Quien lo escribe y a quienes van dirigidos, se originaron espiritualmente en la negación de la España caduca. Ahora bien, la negación aislada es una impiedad. El hombre pío y honrado contrae, cuando niega, la obligación de edificar una nueva afirmación. Se entiende, de intentarlo.

Así nosotros. Habiendo negado una España nos encontramos en el paso honroso de hallar otra. Esta empresa de honor no nos deja vivir. Por eso, si se penetrara hasta la más intimas y personales meditaciones nuestras, se nos sorprendería haciendo con los más humildes rayicos de nuestra alama experimentos de nueva España.”

La obra de Ortega es una obra viva, actual, como su filosofía, una serie de meditaciones que nos llevan a pensar sobre nosotros mismos y lo que nos rodea.

“No me obliguéis a ser sólo español si español sólo significa para vosotros hombre de la costa reverberante. No metáis en mis entrañas guerras civiles; no azucéis al ibero que va en mí con sus ásperas, hirsutas pasiones contra el blondo germano, meditativo y sentimental, que alienta en la zona crepuscular de mi alma. Y aspiro a poner paz entre mis hombres interiores y los empujo hacia una colaboración.” (Página 159)

Constantemente nos recuerda que uno de los pecados que cometemos es olvidar la filosofía como forma de amor y libertad. Enseñar a pensar como forma de construir personas. Y, otra vez, el Quijote como símbolo. ¿Qué es España?

“Dios mío, ¿qué es España? (…)

(…)

¡Desdichada raza -¡ojo! raza histórica, yo soy yo y mi circunstancia- que no hace un alto en la encrucijada antes de proseguir su ruta, que no se hace un problema de su propia intimidad; que no siente la heroica necesidad de justificar su destino, de volcar claridades sobre su misión en la historia!

El individuo no puede orientarse en el universo sino a través de su raza, porque va sumido en ella como la gota en la nube viajera”. (Página 168)

Sólo Ortega podía, a partir del Quijote, como concepto construir una reflexión sobre la literatura, la filosofía, el amor, la ciencia y el heroísmo.

“Porque ser héroe consiste en ser uno, uno mismo. (…) Y este querer él ser él mismo es la heroicidad.

(…) Cada movimiento que hace ha necesitado primero vencer a la costumbre e inventar una nueva manera de gesto. Una vida así es un perenne dolor, un constante desgarrarse de aquella parte de sí mismo rendida al hábito, prisionera de la materia” (Páginas 227 y 228)

Sólo Ortega podía, y puede, darnos una “colleja” (y permitidme la expresión) para intentar despertarnos de este sueño en el que estamos inmersos. Nos da un tirón de orejas, como antes hicieron otros que marcaron su senda, la que Ortega caminó: Unamuno, Baroja, Machado,…

Ortega nos interpela palabra por palabra. La vida, nuestra vida, es libertad, invención, “fama poética -escribe Julián Marías-. Vivir no puede ser un adaptarse porque la adaptación es sumisión y renuncia”. No podemos renunciar ni ser sumisos. Sólo nos queda el Quijote.

“¿No es cruel sarcasmo que luego de tres siglos y medio de descarriado vagar, se nos proponga seguir la tradición nacional? ¡La tradición! La realidad tradicional en España ha consistido precisamente en el aniquilamiento progresivo de la posibilidad España. No, no podemos seguir la tradición. Español significa para mí una altísima promesa  que sólo en casos de extrema rareza ha sido cumplida. No, no podemos seguir la tradición; todo lo contrario; tenemos que ir contra la tradición. De entre los escombros tradicionales, nos urge salvar la primaria sustancia de la raza, el módulo hispánico, aquel simple temblor español ante el caos. Lo que suele llamarse España no es eso, sino justamente el fracaso de eso. En un grande, doloroso incendio habríamos de quemar la inerte apariencia tradicional, la España que ha sido, y luego, entre las cenizas bien cribadas, hallaremos como una gema iridiscente, la España que pudo ser.” (Página 172)

 

 

Meditaciones del Quijote. José Ortega y Gasset. Cátedra, 2007.