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Descartes: poner el mundo en pie, por Amelia Valcárcel

En la educación, la filosofía es esencial porque es la historia de lo que somos.

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Los proemios son declaraciones de intenciones y tenemos por cierto que siempre son buenas. El de la ley de Educación también. Cuenta que el aprendizaje “va dirigido a formar personas autónomas, críticas con pensamiento propio”. No añade “que no sepan quién es Platón, Descartes ni Kant”, pongamos por caso. Eso que no dice, sin embargo es lo que sucedería si el asunto no se arregla. Y bien, pudiera bien ocurrir que alguien se preguntara por qué hay que saberse esos nombres. La razón es elemental: sucede que son nuestros primeros maestros en eso de ser personas autónomas, etc, etc. Escribimos con sus palabras y pensamos con los esquemas de que nos proveyeron.

El pensamiento es la energía más sutil y necesaria de cuantas existen. Una cosa hay que decir además, es una energía cara. Para producir personas capaces de generarla necesitamos todo el completo sistema educativo, que cuesta mucho, y una sociedad que, con confianza, lo pague. En esos largos años en que nos educamos aprendemos una larga cantidad de cosas que tienen de suyo el ser inútiles. Las ciencias no son inmediatamente útiles, aunque puedan tener muy buenos resultados. Quienes las cultivan lo hacen porque les gusta. Aristóteles fue el primero que sepamos que se paró a pensar qué hacia diferente a las habilidades de los saberes. Había gente habilidosa que sabía hacer cosas, edificios, muebles… y otra que sabía quedarse con la idea. Los primeros solían ser buenos albañiles y los segundos eran algo más. Aquellos griegos, como que estaban edificando mucho y bien, tenían afición a ejemplificar con los arquitectos.

Volvamos a los que sabían ese “algo más”. Estaba claro que no era útil el “algo más”. La utilidad quedaba para hacer las cosas, pero pensarlas exigía un cierto talento y entrenamiento en dejar vagar el pensamiento en libertad. Sigo con Aristóteles porque lo tenía muy claro. Las teorías, las ciencias, son hijas del ocio, de la falta de presión, del haber superado el diario buscarse la vida. Así lo cuenta en la Metafísica. “Las teorías se desarrollaron allí donde primero pudieron los hombres tener ocio, vagar; por eso las matemáticas aparecieron en Egipto donde tenía ocio la gente sacerdotal”. El verbo que emplea para decir “vagar o no trabajar con las manos” es esjolaso, una palabra interesante porque de ella sacaron los romanos schola y nosotros “escuela”. Si no hay tiempo de libertad no hay matemáticas, ni teoría.

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Parte de nuestra política se la debemos a Locke y parte del sentido del humor, a Voltaire.

Es cosa sabida que el mundo antiguo, que nos enseñó a vivir, porque seguimos siendo un remedo y herencia del Imperio Romano, no tenía universidades. Había Maestros afamados que abrieron escuelas donde se recibían las gentes de condición aristocrática y futuros gobernantes. La de Posidonio en Rodas llegó a ser la mejor. Pero no había enseñanzas regladas, exámenes ni títulos. Simplemente un alguien que fuera a tener un gran papel en el mundo debía, imperiosamente, haber pasado una parte de su vida practicando ese verbo que Aristóteles escribe, vagando, haciendo un acúmulo de teoría, lo que significa de conocimientos y por ende debates no inmediatamente útiles. Ya sabría esa persona sacarles utilidad cuando, madura, tuviera ocasión para ello.

Bien pensado, aquí seguimos esa estela: durante nuestra primera y media formación aprendemos una larga serie de cosas que probablemente usemos muy pocas veces. Nociones de casi todo, de las dichas matemáticas, de gramática, de geografía, de física, de historia, de cristalografía o de prehistoria… que no usaremos probablemente nunca. Pero nos gusta saber que se quedan ahí, porque son además como escalones que nos permitirán acceder después a otros saberes más complejos. Nos vamos entrenando, por así decir.

De entre esas cosas algunas son extrañas y la filosofía la más extraña. Porque es un saber del que muchas sociedades han prescindido. Para hacernos clara cuenta de su profundidad debemos estudiar detenidamente su historia, que es fascinante. Nace con Grecia y nos acompaña desde entonces, cambiando y modulándose sin descanso, con unas teorías subiendo sobre otras hasta componer un edificio asombroso al que conocemos por el nombre de pensamiento. Porque no es cierto que la filosofía enseñe a pensar. A pensar nos entrena, pero nos enseña sobre todo, lo pensado, lo que ha sido pensado y su porqué. En un enorme flujo de ideas y argumentaciones que, en volandas, nos ha traído hasta nuestro presente. En realidad navegamos sobre él. En la cabeza de cualquier persona culta bullen pensamientos que alguna vez se sumaron a ese río enorme. Los tomamos por nuestros, y lo son, pero nos los proporcionaron quienes nos precedieron. Todos estos pensamientos están, además, vivos, y mantienen entre ellos los amores y aversiones con que salieron de sus primeras fábricas. Esta es una materia que nos habla de asuntos profundos que debemos guardar y transmitir.

A veces lo peculiar de nuestra tradición nos sorprende: parece un enorme e insensato derroche de inteligencia. Pero luego nos damos cuenta de que, con toda esa masa, hemos hecho cosas. No son solamente ideas, sino instituciones, comportamientos, reglas y costumbres. Parte de nuestra política se la debemos a Locke, de nuestro sentido del humor a Voltaire, de nuestra manera de tratar a los demás a Kant, de lo que entendemos por vivir bien a Epicuro. Eso nos sucede porque ese saber está intrínsecamente vinculado a lo que somos, nos ha moldeado en realidad. Para confesarlo todo, hay que decir que somos la primera humanidad producto de un diseño del cual las ideas filosóficas fueron las principales autoras. Somos una “humanidad pensada”, el resultado de la imaginación ética y política de quienes dieron el gran salto que nos separó del mero sucederse natural. Nuestra concepción se realizó en las poderosas mentes que dieron camino a la Modernidad. Y sabemos lo que es la Modernidad porque nos hemos hecho cargo de ese enorme monto reflexivo en que consistimos.

La historia de las ideas, la historia de la filosofía, es la historia de lo que somos y de por qué lo somos. Está todo ahí. De Spinoza a Darwin; de Hegel a Freud. De Tocqueville a Beauvoir. En el pensamiento casi ningún camino es imposible. La filosofía no sólo forma parte del núcleo duro de las Humanidades, sino que es la raíz misma de aquello en que nuestra civilización consiste. Su historia es nuestra historia. Cuando nos narramos, cuando queremos saber y decir quiénes somos, debemos invocarnos como progenie de Sócrates, de Platón, de Hume, de Montesquieu, en fin, de cuantas innovaciones conceptuales, institucionales y morales nos han traído al momento presente.

Por esa persistente peculiaridad, la filosofía y su historia forman parte del saber de una persona que haya recibido un cierto monto de educación, como lo vemos aquí y en nuestro entorno. No siempre las entendemos al completo, pero sabemos que nos hablan de asuntos profundos que debemos guardar y transmitir. Venimos de ahí; somos lo que somos por ese origen. No somos súbditos ni adoradores, aunque obedezcamos y quizás oremos, sino gentes de las ideas. Ellas son nuestros muros firmes. Descartes nos puso de pie. Y así, como nos puso, debe ser contemplado el mundo. Eso lo tenemos que seguir sabiendo y trasmitiendo. Que Descartes no es lo que sobra cuando queremos prescindir utilitariamente de algo, sino el filósofo que, fiado solo en la razón, nos puso en el mundo de pie.

Y no puede llega a ocurrir que ante la mención de su nombre, u otro cualquiera de los grandes nombres de esa espléndida historia, alguien rezongue o responda “¿Quién?… ¿mande?”.

Amelia Valcárcel

es catedrática de Filosofía Moral y Política de la UNED y miembro del Consejo de Estado.

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Sexo y filosofía

Sobre  Sexo y Filosofía. Sobre “mujer” y “poder”. Amelia Valcárcel. Anthropos, Barcelona, 1991.

“Sola en casa solía debatirme como a los quince años; temblorosa, las manos húmedas. Gritaba enloquecida, ¡no quiero morir!”.  Simone de Beauvoir.

         No quiero morir es el grito de “la mujer” desde el principio de la historia; por esto, entre otras cosas, Amelia Valcárcel quiere con esta obra reafirmar la necesidad de hacer una teoría política del feminismo.

         En el primer capítulo de Sexo y Filosofía Amelia Valcárcel nos habla de Simone de Beauvoir y Simone Weil, es decir, de la diferencia entre la búsqueda del sentido de la existencia y de la búsqueda de la revolución, que no tiene porque dejar de ser una forma de dar sentido a la existencia. La principal figura femenina de la obra es, sin lugar a dudas, Simone de Beauvoir. Ella deseaba salir de la idiotización a la que a la mujer se le obligaba a estar, e intenta demostrar la autora[1] con su figura lo que ha llamado la “extraña fatalidad de un don”.

         La mujer desde el momento de su nacimiento es catalogada. Al concepto de mujer van unidas muchas características que históricamente se nos han impuesto y, que en pocas o en ninguna ocasión, se nos han dejado cambiar, de hecho no hemos visto muchas Juanas de Arco que no acabaran siendo quemadas. La mujer ha intentado muchas veces su liberación, pero le ha faltado el impulso de la necesaria politización de ese querer liberarse.

         ¿Por qué la politización? Porque la política es una forma de poder, y poder es lo que principalmente la mujer nunca ha tenido para su necesaria emancipación del mundo patriarcal. Sin embargo, la mujer no quiere “el poder” tal como lo conceptualizamos, porque el poder siempre ha sido algo unido intrínsecamente a la sociedad patriarcal, y la mujer lo que intenta es huir de ese patriarcalismo al que culturalmente a sido sometida. Pero tenemos, necesariamente, que superar ese miedo al poder.

         Tenemos que aprender a pedir lo imposible, o lo que en principio se cree imposible. Tenemos que pedir a la filosofía que nos devuelva todo aquello que nos arrebató o aquello a lo cual no nos dejó acceder, porque “la filosofía ha hecho a las mujeres más males que servicios”.

         La teoría feminista comienza su obra desfundamentando los genéricos. No la mujer o las mujeres, sino esta mujer, esta otra, aquella mujer,… una a una como individuos autónomos e independientes. La mujer va a dejar de ser “varona” para convertirse en MUJER. Valcárcel nos recuerda que el ser humano es el designador de las cosas existentes, pero un ser humano que se reduce bajo el concepto de ser humano-varón, él es el que designa y, por tanto, también la mujer es designada por él. La mujer desde el principio de los tiempos es designación ajena a ella misma. La mujer, el concepto, servía para designar todo lo que quedaba fuera de lo que no era varón… pero he aquí que aparecen las primeras reivindicaciones feministas y frente a la humanidad masculina de Rousseau nace la Vindicación de los derechos de la mujer de Mary Wollstonecraft.

         Se comienza, despacio, al grito de “nosotros con los mismos derechos que vosotros”, es decir, bajo un grito neutral que no distingue género y que poco a poco irá tornándose en un “nosotras con los mismos derechos que vosotros”. Aunque somos diferentes, somos iguales, somos seres humanos que pertenecen y realizan la sociedad tanto o más que aquellos que aparecen en los libros de historia como constructores de la misma. El feminismo debe “ASUMIR EL NOSOTRAS” y no dejarse atomizar.

         Se debe mostrar al mundo el poder de Hestia, un poder mudo que debe cobrar voz, porque es un poder siempre presente; porque es muy difícil argumentar que un ser humano este atado desde su nacimiento a un destino concreto y a una tarea concreta. Es además importante mostrar que la propuesta de poder de la mujer es algo formal; recordemos que la mujer siempre está con el poder pero no está en el poder.

         El poder que se necesita es un poder que da miedo, porque la libertad que llega desconcierta, no es deseada, pero para demostrar que las tareas de mujeres no son sólo las domésticas no se puede temer al poder. El feminismo para llegar a ser algo debe siempre buscar más allá, estar siempre en búsqueda. Una vez que se cumpla todo lo que busca quedará de nuevo vacío. El feminismo es la alternativa “global al patriarcado”. Se debe hacer ver que no es lo mismo saber qué es una mujer a saber quién es una mujer.

         El primer paso es reclamar la individualidad, aunque este paso sea un paso que hay que dar en colectivo, es decir, que la conquista de esta individualidad no es algo individual, valga la redundancia, es una lucha común de aquellas que quieren, que queremos, ser reconocidas como individuos que viven y se mueven fuera de la autoridad, ya sea simbólica o real, de los varones.

Nota: esta recensión bibliográfica fue publicada en Thémata. Revista de Filosofía. Universidad de Sevilla. Nº 31. 2003.


[1] Me refiero a la autora de la obra comentada, Amelia Valcárcel.