"…el día de hoy no se volverá a repetir. Vive intensamente casa instante, lo que no significa alocadamente, sino mimando cada situación, escuchando a cada compañero, intentando realizar cada sueño positivo, buscando el éxito del otro, examinándote de la asignatura fundamental: el Amor. Para que un día no lamentes haber malgastado egoístamente tu capacidad de amar y dar vida".

 

Este pequeño fragmento del guión de El club de los poetas muertos, junto con la escena final en la que muchos de los alumnos de Mr. Keating se suben encima de sus mesas recitando ¡Oh capitán, mi capitán!, son dos de las imágenes del cine que más me gustan.

Siempre pensé que todos los profesores debían ser como John Keating, creo que fue, además, desde que ví esa película que nació mi vocación de enseñante/educadora/animadora.

No sólo se trata de transmitir conocimientos, sino de saber transmitir el amor por los mismos. No se trata sólo de hacer ver que sabes, sino de mostrar que nunca es tarde para aprender… y que siempre hay algo que aprender de los demás.

Esa forma de darse a los alumnos, de compartir no sólo lo que se sabe, si no lo que se siente… es algo impresionante.

He tenido la suerte de tener profesores así.

Creo que ahora más que nunca son necesarios en las aulas.

Creo que ahora más que nunca son necesarios cientos de Keating’s que guien a sus alumnos a encontrarse a sí mismos, que guien a sus alumnos a comprender que vivir la vida a tope es una frase con más de un significado.

Es también, la película, una guía de sentimientos encontrados, de retos por los que luchar, de vidas con significados que van tomando forma poco a poco, de personas en construcción, de ideales que defender, de personas junto a las que crecer…

 

(¡Cuántas veces he soñado que yo estaba en esa clase y tenía el valor de subir a mi mesa y gritar "¡Oh capitán, mi capitán!")

 

 
 

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